Ciento cuarenta páginas en blanco y una lista de nombres
Un expediente que no debería existir. Ciento cuarenta páginas en blanco y una sola frase manuscrita: "Aquel que lea mi nombre, me condenará a seguir escribiendo." Debajo, una lista de treinta y siete nombres. El primero es el de la madre del archivero que lo encontró.
Una cinta de pelo rosa, desgastada, de esas que usan las niñas para sujetarse el flequillo. Apareció en la mesilla de Clara, en su casa vacía. No era suya. No usaba cintas desde los doce años. Pero sus dedos la reconocieron.
Una cuna de mimbre, trenzada como una jaula. Sus varillas proyectaban sombras que no correspondían a ninguna fuente de luz. En el centro de una habitación blanca. Siempre vacía. Siempre meciéndose.
La que escribe nombres que no deberían ser escritos
Una pluma de plata con un grabado en el cuerpo: 1886. Obliviscor. Olvido. Quien la sostiene escribe nombres. Y los nombres escritos dejan de haber existido.
Frascos de vidrio soplado, con tapa de metal oxidado, enterrados bajo cada flor del jardín. Cada uno contiene un nombre. Cada nombre es el de un familiar. Cada fecha es el día de su muerte.
Objeto ritual 1984 Las manos que plantaron mi casa
Una silla vacía en una habitación vacía. Alguien debería sentarse. Alguien debería escuchar los susurros. Pero nadie quiere. Porque sentarse en esa silla implica ocupar el lugar de otro. Implica escuchar lo que no quieres escuchar.
Un contrato de servicios integrales de domótica. Duración: indefinida. Renovación automática. Firmado por la madre de Brenda el día que nació. Un préstamo disfrazado de protección.
Mapas dibujados a mano, con tinta negra, en papel envejecido. No son mapas de lugares reales. O sí. Al superponerlos con mapas oficiales, las coordenadas coinciden con casas donde hubo desapariciones no resueltas.